jueves, 3 de febrero de 2011

Robo de información (pishing)

En este post hablare del phishing o sea Robo de información espero que les guste o les ayude.   ;)


Definición   (según wikpedia)
Phishing es un término informático que denomina un tipo de delito encuadrado dentro del ámbito de las estafas cibernéticas, y que se comete mediante el uso de un tipo de ingeniería social caracterizado por intentar adquirir información confidencial de forma fraudulenta (como puede ser una contraseña o información detallada sobre tarjetas de crédito u otra información bancaria).

Este significa que el phishing se refiere a la acción de robar información para uso de beneficio propio, mediante el engaño.

phishing2 Phishing   La estafa de Internet

El estafador, o la persona que reliza el robo, es llamado como phisher  este se hace creer por una persona de confianza o incluso que es una empresa, realiza sus acciones comúnmente por correo electronico o incluso utilizando también llamadas telefónicas.


Aqui les va un video

A causa del creciente número de problemas y denuncias de incidentes relacionados con el phishing, se  han realizado intentos con leyes que castigan al phishing y se realizan campañas para prevenir a los usuarios...

El término phishing proviene de la palabra inglesa "fishing" (pesca), haciendo alusión al intento de hacer que los usuarios "piquen en el anzuelo.
(wikipedia)

Los intentos más recientes de phishing han tomado como objetivo a clientes de bancos y servicios de pago en línea. Aunque el ejemplo que se muestra en la primera imagen es enviado por phishers de forma indiscriminada con la esperanza de encontrar a un cliente de dicho banco o servicio, estudios recientes muestran que los phishers en un principio son capaces de establecer con qué banco una posible víctima tiene relación, y de ese modo enviar un e-mail, falseado apropiadamente, a la posible víctima.




Este una tecnica de sus estafas,
(publicado por wikipedia)
La mayoría de los métodos de phishing utilizan alguna forma técnica de engaño en el diseño para mostrar que un enlace en un correo electrónico parezca una copia de la organización por la cual se hace pasar el impostor. URLs mal escritas o el uso de subdominios son trucos comúnmente usados por phishers, como el ejemplo en esta URL, http://www.nombredetubanco.com.ejemplo.com/. Otro ejemplo para disfrazar enlaces es el de utilizar direcciones que contengan el carácter arroba: @, para posteriormente preguntar el nombre de usuario y contraseña (contrario a los estándares). Por ejemplo, el enlace http://www.google.com@members.tripod.com/ puede engañar a un observador casual y hacerlo creer que el enlace va a abrir en la página de www.google.com, cuando realmente el enlace envía al navegador a la página de members.tripod.com (y al intentar entrar con el nombre de usuario de www.google.com, si no existe tal usuario, la página abrirá normalmente). Este método ha sido erradicado desde entonces en los navegadores de Mozilla e Internet Explorer. Otros intentos de phishing utilizan comandos en JavaScripts para alterar la barra de direcciones. Esto se hace poniendo una imagen de la URL de la entidad legítima sobre la barra de direcciones, o cerrando la barra de direcciones original y abriendo una nueva que contiene la URL ilegítima.


Conlcusión
Como ya vimos el phishing es el robo de información por medio de ingenieria social.
Debemos tener mucho cuidado para no caer en el anzuelo de estos pescadores o yo diria estafadores.
Recuerda tener siempre bien protegida tu computadora y tu informacion para que no muerdas el anzuelo.     ;)

miércoles, 2 de febrero de 2011

Leyendas de Zacatecas

Este Blog  sera para  presentarles algunas de las leyendas mas famosas del estado de Zacatecas. Estas leyendas son:

La Plaza de Toros de San Pedro
Leyenda de la Piedra Negra
Leyenda del Arbol del Amor
La Calle de Tres Cruces
El callejon del indio triste

Mostraremos la leyenda y algunas fotos sobre la misma, esperamos que les guste.

Para mas informacion de la maravillosa ciudad de zacatecas sigan este enlace

El callejon del indio triste

Era el año de 1548. Veinte meses hacía que estas tierras estaban bajo el dominio español. El pueblo de Tlacuitlapán, todo desolación, porque su Señor y Caudillo, el valiente Tlácuitl, se encontraba moribundo en su prisión. Su hija, la hermosa Xúchitl, la última princesa chichimeca, se hallaba a su lado llorando amargamente y unos cuantos servidores le acompañaban. De pronto, un destello de esperanza iluminó los empañados ojos del agonizante: era el Señor del Pánuco, su gran amigo y aliado, Xólotl, el valiente, burlando la vigilancia a los carceleros, acababa de llegar. Haciendo un penoso esfuerzo, el moribundo, le hizo una seña de que se acercara hasta su lecho y tomándolo lo unió a la mano desamparada de Xúchitl; y como si nada más esto esperara, cerró para siempre sus ojos, dejando a su pueblo a merced del vencedor y a su hija bajo el amparo de su proscrito.
Cuando Xúchitl comprendió que su padre había muerto, deshaciéndose de la mano de su prometido, se arrojó sobre el cadáver, pidiendo que le llevara consigo. Después de los funerales del último Señor de Tlacuitlapán, quedaron en libertad sus servidores y Xúchitl se fue a vivir con ellos. Xolótl también quedó libre y en vano rogaba a Xúchitl que se casara con él, en cumplimiento de la voluntad de su padre; ella le contestaba que su pesar era tan grande que no quería saber nada de amores. Pero la verdad era que la ironía del destino, Xúchitl se había enamorado del Capitán D. Gonzalo de Tolosa, sobrino del conquistador Don Juan de Tolosa. Lo había conocido en la prisión y a su poderosa influencia debía que ni su padre, ni ella, ni ninguno de sus servidores fueran maltratados; su padre fue debidamente atendido durante su enfermedad y sus funerales fueron dignos de su rango; por eso lo amaba con todas sus fuerzas de alma virgen.
El también la quería y sólo esperaba, para hacerla su esposa, que dejara la religión de sus mayores y se hiciera istiana. Fray Diego de la Veracruz, había emprendido la catequización de la princesa que avasallada por el amor de D.Gonzalo se rendía sumisa a todas las exigencias de éste. Un día supo Xólotl que su adorada Xúchitl se casaba con el Capitán después de abjurar sus religiones y recibir el bautismo con el nombre de María Isabel. La desesperación del indio no tuvo límites; impotente para vengarse de un enemigo tan poderoso que todo lo arrebataba de una vez: sus dominios, sus riquezas, el amor de la que iba a ser su esposa y hasta la fe en sus dioses. Desde entonces, entre las ruinas de un templo que había por el antiguo reino de Tlacuitlapán, se veía un indio triste y demacrado, mal cubierto con un manto de lana, contemplando el camino que llevaba a la Capilla de Mexicapán, levantada por los españoles para culto de la Virgen de los Remedios.
Después de que se perdía esta comitiva, se echaba a llorar el indio y se escondía entre las ruinas, donde tenía su morada. Un día no se le vio más, lo buscaron y lo encontraron muerto y con asombro reconocieron al que fuera soberbio y valiente Xólotl y entre sus dedos encontraron una flor, símbolo de su amor por Xúchitl que significaba flor. Tiempo después abrieron un callejón en el sitio que ocupan las ruinas de aquel templo, el vulgo lo llamó “Callejón del Indio Triste”

El arbol del amor

Caminante, detén sólo un momento tu laberíntico deambular y sígueme; te guiaré hasta un frondoso árbol siempre verde llamado, según unos Aralia paperifer, de origen europeo y según otros Simporicarpium, de origen asiático, pero al que nosotros llamaremos con el nombre que le ha dado la leyenda, de “Arbol de Amor”. Es un árbol muy especial, perteneciente a una especie sumamente rara, tanto que se dice que no hay otro ejemplar en el continente americano; eso explica la confusión de quienes han tratado de identificarlo con alguna especie conocida, y si algún día en pais exótico te topares con uno, te preguntarás si también encierra una singular historia de amor, como la que me contara don Pepe Salas, el afable custodio dele x convento de San Agustín.
En pleno centro de la ciudad de Zacatecas, a espaldas del portal de Rosales y frente al ex convento de San Agustin, encontrarás una plazoleta arbolada que otrora fuera un minúsculo jardín. Es la actual plazuela de Miguel Auza. En este apacible rincón se daban cita feligreses, vendedores y aguadores, en cuya cotidiana calma provinciana la prisa no tenía lugar y sí la vida y el calor humano. Ahí, regado con el vital líquido que le sustentaba y con las lágrimas derramadas en silencio por tres seres marcados por un destino común, se encuentra el árbol que fue testigo de sus amores.

En el pasado, el templo de San Agustín daba vida espiritual a este bello rincón de ensueño, propicio al atardecer para los enamorados. El aroma de exquisito incienso emanado del templo, al igual que las pleagrias de los fieles, creaban una mística sensación sedante de descanso para el cuerpo y tranquilidad para el espíritu.
Allá por 1850, un francés llamado Philipe Rondé, con admiración se extasiaba mirando la artísitica fachada del templo que, sentado en el jardn, dibujaba día a día. Este histórico dibujo es el único que se conserva del templo de San Agustín, que nos trasmite un esbozo del pasado esplendor ornamental que poseyó, bárbaramente cercenado a ciencia y paciencia de ignaro gobernante de principios de este siglo, en pleno porfiriato, ante la desesperación de un pueblo y sus dirigentes eclesiásticos. De nada sirvieron los amagos de excomunión frente a las amenzas de muerte dirigidas a presidiarios obligados a mutilar con cincel y marro la religiosa fachada.
Oralia, la hermosa jovencita de leyenda que dio origen al nombre con que popularmente se conoce al árbol, vivía en una de las seZoriales casas que daban marco colonial al jardín. Con la lozanía de su edad, propicia para el primer amor, su cantarina risa contagiaba la alegría de vivir a todo lo que la rodeaba.
Era Juan un humilde pero risueño y noble barretero, que aun despierto soZaba encontrar la brillante veta de plata para ofrecérsela a Oralia, a quien amaba en silencio, mas al sentirla cerca la conciencia de su pobreza la alejaba como la mas remota estrella.
Por las tardes, al salir de la mina, Juan se convertía en alegre locuaz aguador, siempre acompaZado del paciente burro al que recitaba sus improvisados versos de amor, caminando más de prisa con la dulce ilusión de contemplar a Oralia al entregarle el cristalino líquido, parte del cual era destinado de inmediato a regar las plantas del jardín y en especial el árbol que cuidaban con esmero.
La juvenil Oralia sentía a su vez nacer un entraZable cariZo, más allá de la amistad, por el locuaz aguador que por su parte día a día se ganaba también la estimación de las familias.
Más sin saberlo Juanillo tenía un rival, que tras la etiqueta de la cortesía y modales refinados, conquistaba cada vez mayor campo en el corazón de Oralia, quien experimentaba la ruborosa turbación de sus encontrados sentimientos, ante la presencia de Pierre, aquel francés que la colmaba de atenciones.
El destino habia traído precisamente a su casa al francés al ocurrir la ocupación por las tropas invasoras en 1864, y por cortesía las familias dispensabn un trato deferente al extranjero, eximiendolo de responsabilidad por los actos de un gobierno al que debía obediencia. El francés, siempre impecable en sus modales y pulcro en el vestir, les visitaba no tanto por corresponder a la amabilidad de la familia, sino con la secreta esperanza de impresionar a Oralia, de quien se había enamorado.
Con el permiso de los padres, solían sentarse bajo la sombra del árbol que Oralia regaba y cuidaba; entonces la joven dejaba volar su imaginación al escuchar la descripción que de su patria le hacia Pierre.
Juanillo sufría en silencio al contemplarlos juntos, incapaz de hacer nada para evitarlo, y al comprender la fatalidad de las barreras sociales que lo separaban de su amor, soZando siempre con encontrar la veta de plata que le ayudara a realizar sus sueños.
Trabajaba duro en minas abandonadas, soportando la fatiga; al final de la joranda, el agua de las minas limpiaba el polvo que cubria su piel, haciendo huir el cansancio, para dirigirse con su fiel burrito a llenar sus botes del agua de la fuente y repartirla a las familias con quienes se habia “amarchantado”, cuidando de dejar al final la casa d Oralia para disponer de un poco más de tiempo en su compaZia.
La simpatía del humilde enamorado hacía que Oralia lo esperara con impaciencia para que le ayudara a regar su árbol, como ya se había hecho costumbre. Al hacerlo, su regocijo se manifestaba en el lenguaje secreto de los enamorados; el árbol lo sabía y el susurro de sus hojas se confundia con el rumor de las risas de los jóvenes, mientras su follaje se inclinaba, en un intento de protegerlos de miradas indiscretas.
Dolía el corazón a Oralia cuando una tarde se encaminó hacia el templo. Postarada ante el altar, lloró en silencio al comparar dos mundos tan opuestos; su plegaria imploraba ayuda para tomar la decisión acertada en tan cruel dilema sentimental.
Al salir del templo y dirigirse a su casa sin haber logrado adoptar una resolución, se sentó en silencio bajo el árbol y el llanto volvió a sus ojos, su angustia provocaba la alteración del ritmo de los latidos de su corazón, cuando en su regazo cayó suavemente un racimo de cristalinas lágrimas que conmovido el árbol le ofrecía como amigo amoroso en su desconsuelo, y al contacto de sus tiernas manos, las lágrimas del árbol se conviertieron en un tupido racimo de blancas flores.
Oralia recuperó la paz junto a su árbol y encontró el valor suficiente para decidirse por su barretero, sin importarle su humilde condición.
Al día siguiente, el francés se presentó puntual en la casona y con semblante adusto informó de su próxima partida de la ciudad y del país. Otros vientos políticos flotaban en la nación y era urgente su traslado a Francia. Se llevaba el corazón destrozado por verse obligado a abandonar el afecto que habia encontrado, y la despedida le resultaba aún mas amarga al saber que jamás volvería a ver a Oralia, quien lo despidió junto al árbol, ahora ya tranquila al comprender que había tomado la decisión más correcta de su vida.
Mientras tanto, en la profundidad de la mina donde había cifrado sus esperanzas, Juan vislumbraba un tenue brillo, tan sutil y huidizo como la ilusión una corazonada hizo intuir al gambusino la veta que buscaba, y con nuevos bríos continuó excavando con su barreta la dura roca que aún se resistía a entregar al imberbe joven su argentífera savia.
Al día siguiente, al llegar con el agua, Oralia lo notó más alegre locuaz que de costumbre; no se pudo contener al verlo tan feliz y sin pensarlo le estampó un empetuoso beso junto al Arbo del Amor que regaban ahora entre risas.
Juan ni su rica veta de plata se acordó, y olvidó completamente el discurso que toda la noche había ensayado, al ver caer racimos de flores blancas del árbol, que asi compartía la culminación de tan bello idilio en aquel tranquilo jardín, hoy plazuela de Miguel Auza frente al ex templo de San Agustín.
Desde entonces, las parejas de enamorados consideran de buena suerte refugiarse bajo las ramas del Arbol del Amor para favorecer la perduración de su romance.


La Piedra Negra

La Piedra Negra
Todo dio principio por la natural ambición de dos amigos que decidieron abandonar de plano sus ocupaciones para aventurarse a buscar una mina que les diera riqueza. Allá por los ochentas del siglo pasado vivía en Zacatecas Misael Galán, fornido mocetón, tan entusiasta como ingenuo, que disfrutaba de un sueldo aceptable como empleado de un comercio dedicado a proveer las minas de la región de los elementos propios para el laboreo. En el almacén que estaba a su cargo se expendía pólvora, sogas, cubos para elevar el mineral y vaquetas para los cubos , barras, picos y cuñas para excavar, carbón para las fundiciones, etc., y Misael, en contacto con esos materiales soñaba con la oportunidad de poner en práctica sus pretensiones de minero, las instancias de Gildardo Higinio, su amigo de siempre que apoyaba sus propias inquietudes, le habían convencido de invertir sus ahorros en herramientas y materiales para iniciar la búsqueda del yacimiento.
Durante varios fines de semana, ambos amigos caminaron incansablemente por las montañas circunvecinas; especialmente inspeccionaron al poniente de la cordillera que separa a Vetagrande de la capital zacatecana ya que, según Gildardo, por sus pláticas con viejos gambusinos y sus ocho años de experiencia en las minas de San Acacio, sabía localizar fuentes metalíferas. – Por este lado las vetas son innumerables y atraviesan las montañas en todas las direcciones; lo que tenemos que hacer es descubrir una mina que no esté de manifiesto, ¡y a puro gozar! – ponderaba Gildardo Higinio. Comenzaron por acampar en los límites de lo que era terreno libre, donde ya durante cuatro o cinco días habían explorado siguiendo las instrucciones de Gildardo. Con su entusiasmo a cuestas recorrieron el camino a Vetagrande, pasaron por oficinas de beneficio, vieron pequeñas catas, bocas de mina. máquinas de desagüe trabajando, labores antiguas, terrenos y graseros alrededor de los tiros; todo ello en singular contraste con las agrestes montañas que las rodean. Antes de llegar al cerro del Magistral se desviaron al oriente para empezar ahí su búsqueda; todo el día vagaron escudriñando los montes y al atardecer decidieron regresar al campamento para dormir. Al faldear una empinada loma, de improviso se toparon con la entrada de una cueva de extraño aspecto; a pesar de que habían cruzado varias veces por el lugar, no le parecía conocida, ¿les habría pasado inadvertida? ¡No, seguros estaban de que antes no la habían visto! Como movidos por un mismo impulso, se acercaron a la entrada, con precaución. Ya dentro de la caverna, a poco andar se presentó ante sus ojos algo fantástico: incrustada en el peñasco se veía claramente una gran roca refulgente.
Ante tan maravilloso descubrimiento, y pasada su sorpresa, los dos jóvenes lanzaron gritos de alegría, y con entusiasmo se dedicaron a escarbar alrededor de la piedra. “¡Esto es oro!”, decían con exaltación los afortunados y ovicios gambusinos. “Sin duda esta es la línea de una buena veta, comentaban. Buen tiempo trabajaron, alternándose en la tarea; mientras uno borneaba la barrena o sostenía la cuña que se incrustaba en los cantos de piedra, el otro golpeaba el marro, hasta que lograron su empeño. Desprendida la piedra, pasando por numerosos trabajos debido al peso de su carga y a lo accidentado del terreno, a campo traviesa lograron llevarla hasta el arroyo que baja de Vetagrande, y frente a ella quedaron extasiados contemplando su flamante tesoro. Volviendo de su ensimismamiento, comenzaron por desconfiar de que hubiesen sido descubiertos por otros gambusinos de los muchos que merodeaban los alrededores, ocupados en el mismo que hacer de ellos. Tras breves minutos, y enmedio del silencio nocturno que reinaba a su alrededor, concluyeron que estaban solos. No podían dormir, a pesar del cansancio y de ser ya pasada la media noche. Cada quien elucraba lo que había de disfrutar el resto de su vida con ese descubrimiento.
Al recordar de nuevo la piedra, con sobresalto examinaban si había alguna amenaza que pusiera en peligro sus vidas o su preciado bien. A ratos se miraban uno al otro al otro con mutuo recelo e inquietud, sin saber definir hacia dónde se inclinaba su estado de animosidad. A la distancia sólo se escuchaban los ladridos de los perros del pueblo de Vetagrande. En su entorno se fueron espesando las sombras… Vetagrande ha sido uno de los más ricos veneros de metales preciosos que ha fabricado la naturaleza en el estado de Zacatecas. Se ubica a cinco kilómetros de la capital del estado, y tanto por la extensión de sus trabajos como por las cuantiosas cantidades de minerales extraídos durante muchos años, dieron significativa fuerza al régimen colonial y propiciaron el desarrollo económico de la región. En breve tiempo a partir de su descubrimiento, se creó la villa de Nuestra Señora de Guadalupe de Vetagrande nombre oficial que tuvo al principio de la época colonial.
Pese a que el gobierno español puso especial empeño en la organización de la producción minera, no se dispone de una cifra exacta de los rendimientos de las minas de Vetagrande durante el régimen virreinal; lo que si se sabe es que, tanto por la extensión de sus trabajos como por la enorme cantidad de plata que estos yacimientos produjeron al comienzo de su explotación, originaron que se creará la nobleza de Zacatecas. Los condados de Valparaíso, de Bernárdez y de Santa Rosa, fueron títulos de mucho esplendor. Existen curiosos documentos antiguos que establecen las fechas de apertura de las minas fundadas alrededor de Vetagrande; las de San Bernabé, Albarrada, los tajos de Pánuco, ostentaron tan alta ley en sus minerales que motivaron la búsqueda de otros yacimientos en las cercanías. Las grandes expectativas de bonanza fueron causa principal de que toda la gente de Zacatecas estuviera vinculada a la rama de la minería.
La palabra “plata” hizo que se poblaran Zacatecas y Vetagrande de mineros, gambusinos y buscones que se sostenían principalmente de la esperanza de encontrar una buena veta. Nadie sabe que pasó durante el resto de la noche, el caso es que al día siguiente un joven pastorcito descubrió los cuerpos yertos de los dos frustrados mineros; a toda prisa y con la excitación propia de quien ve la muerte por vez primera, a gritos divulgó su macabro encuentro. Como fuego en un pajar corrió la noticia y muchos curiosos concurrieron al sitio señalado por el pastor. Diego Romo, representante de la autoridad, levantó acta que decía: “En el crucero del arroyo fueron recogidos dos cuerpos de quienes en vida respondieron a los nombres de Misael N. y Gildardo N. Presuntamente la causa de ambas muertes fue una riña entre ellos mismo, uno de ellos presenta fractura cranea producida, según todos los indicios por caída directa sobre una piedra que contiene oro pimente…”. La tierra reclama al hombre que vuelva a sus raíces; los cuerpos fueron inhumados en sagrado; los motivos que condujeron a su muerte permanecieron en el misterio.
Quizá ante la presencia del supuesto oro descubierto, los dos infortunados se vieron condenados a ser juguetes de esa fiera funesta que es la codicia. La piedra también fue olvidada y poca atención le prestaron quienes sí conocían de metales, ya que a este compuesto de arsénico y azufre le atribuían escaso valor. Y, sería coincidencia o de veras maleficio, el caso es que días después, al pasar un grupo de jóvenes que iba de paseo, alguien señalo la piedra recordando aquel trágico suceso, y uno de ellos exclamó: “¡Precisamente necesitaba yo una buena piedra para afilar mi cuchillo!”, y empezó a frotar el borde de su instrumento en la brillante piedra. Con movimientos acompasados realizaba afanoso su tarea desentendiéndose de los demás. Parecía transformado, él que era de natural alegra y comunicativo; embelesado contemplaba los brillos del filo de su cuchillo producidos por su labor. A las llamadas de sus amigos reaccionó con su movimiento agresivo, y a la burla del que permanecía más cercano a él, quien se mofo de su exagerada forma de afilar su arma, replicó con feroz cuchillada, salvándose el impertinente de herida grave, si bien alcanzó a recibir profundo tajo en su brazo. Advertidos del peligro, cuatro de los más arrojados se lanzaron sobre el agresor que se aferraba al arma, sujetándolo para lograr que con alivio de todos volviera a la calma. Más tarde, el actor principal de este hecho juraba no recordar nada de lo ocurrido. A partir de entonces, la piedra del crucero del arroyo adquirió fama de propiciar el crimen, pues la añeja costumbre de los barreteros de portar cuchillos, dagas o tranchetes para múltiples usos, como cortar sogas, trozar correas, perforar la suela del huarache o pelar tunas propiciaba que, dado el caso, se les empleara como arma de defensa o de ataque por “motivos de honor” o causas baladíes, con funestos resultados. La superstición no en todos tiene cabida, pero la gente se dio cuenta que por repetida coincidencia, aquel que amolaba su piedra del arroyo de Vetagrande, luego en algún baile o simplemente andando en copas, de seguro provocaba un pleito o lesionaba a su rival, aún siendo “muy amigos”; consecuentemente, abundaron los heridos y los muertos. También observaba la gente que, conforme crecía la cifra de hechos de sangre protagonizados por rijosos que afilaban sus armas en la ya famosa piedra, ésta iba mudando su color. “De meses a la fecha”, advertían, “la piedra toma un tinte más oscuro, se está volviendo negra”.
Un episodio que confirmó la sospecha de que algún maleficio debía comunicar la piedra cuando en ella se afilaba un arma fue el pleito de Andrés Mendívil y Lorenzo Rafael. Era este Lorenzo muy dado a fanfarronear, tanto pendenciero y galanteador como de manirroto. Gustaba de derrochar en parrandas, convidando a golleteros y mujercillas que le rondaban alabando sus atributos y sus hazañas, ciertas o imaginarias. Andrés, por el contrario, mostraba una pasividad rayana en mansedumbre y, era su gusto, sentarse solo a la vera del camino, alejado del bullicio tabernario, para cantar pulsando su guitarra, y suspirar por el amor de María Paloma de Ávila, la muchacha más codiciada del rumbo. Al salir de la mina, Andrés era de los primeros en llegar a su casa, asentada al pie de la Bufa por el barrio de la Pinta, nombre tomado de una antigua hacienda de beneficio de plata propiedad de un español. Ese domingo, Andrés Mendívil estaba decidido a conquistar los favores de Paloma. Temprano se dirigió a la presa de los Olivos para bañarse en las tinajas de agua talladas en las rocas; el profundo amor que sentía bullir en sus entrañas lo animaba tanto que ni lo helado del agua sentía; con hojas del jaral estropajeaba su cuerpo para remover el polvo de la mina.
A la salida de misa, resuelto y temeroso a un tiempo, Andrés acompaño a Paloma un largo trecho sin hablar, ofreciéndole solo una flor. Para animarlo, Paloma le advierte: – En la siguiente esquina es mi casa. – ¡Ah, sí…! – Ibas a decirme algo… – Sí – se desata él -, que te quiero, que quiero que me quieras, que deseo saber si puedo tener la dicha de soñar en que algún día merezca yo tu atención; que el trabajo, que para mí es una alegría, y contemplar la luz del cielo y los árboles, ya nada significan si no es sabiendo de tus labios que me dejas quererte. Agradablemente sorprendida por aquella desbordante confesión de amor, Paloma sólo atinó a contestar: – Sí, sí, todo está bien; yo, este…, también… Adiós. Con el brío que comunica el amor correspondido, Andrés contemplaba la vida con plenitud; cumplía sus labores con entusiasmo, disfrutando de antemano las recatadas caricias que se prometía del precavido acercamiento con Paloma, a quien ya su familia había concedido el permiso para que entablara relaciones con él, una vez hecha su franca promesa de matrimonio. Mas tanta dicha no podía durar. El diablo del Diablo, que nunca duerme, hizo que se topara el fanfarrón de Lorenzo con Paloma, a quien intentó abordar, y un grupo de amigos que se dieron cuenta del rechazo que recibiera su respuesta, acicatearon a Lorenzo para que en vías de demostrar tanto su hombría como sus dotes de conquistador, dejase a un lado sus logros amorosos baratos y sedujera a la casta Paloma.
Aceptada la apuesta, Lorenzo Rafael dedicó a partir de ahí todo su desocupado tiempo al asedio constante de la buena muchacha. A medida que se aproximaba la fecha de la boda, intensificaba Lorenzo su campaña de conquista, y cuanto más decidido sentía el rechazo de la dama, tanto más se enervaban sus morbosas ansias de rendirla. La prudencia femenina, o la reticencia de Paloma, la hicieron reservarse de comunicar a Andrés acerca de los requerimientos de que era objeto. Quince días faltaban para el esperado connubio, y ese domingo Andrés hubo de aceptar que era verdad aquello que ni siquiera sospechara, por comunicárselo un amigo digno de toda fe. Decidido a reclamar lo suyo y cualquier ofensa hecha a su amada, solicitó al oficioso informante: – ¿Me puedes prestar tu cuchillo? – ¡Claro! – repuso su interlocutor, tomándolo enfundado de la apretada faja que le rodeaba la cintura-. Pero ten cuidado: ayer mismo, al salir de la mina lo afilé en la piedra del arroyo de la Veta… En cuanto tuvo contacto con el arma, Andrés se sintió poseído de un furor homicida. Fue directo al mesón del Vivac, donde sabía que se encontraba aquél a quien ya consideraba como enemigo.
En el trayecto se torturaba cavilando si alguna culpa tendría su novia, pero se reconfortaba al evocar todos los momentos desde que lo aceptara como novio, y veía siempre verdad en sus ojos, apreciaba sinceridad en sus palabras, palpaba veraz honestidad en su trato. Acudía a su memoria cómo siendo ya “novios oficiales” y con permiso de platicar más allá de tiempo usual, la naturaleza les inclinaba a saborear, con mutua aceptación, las primicias del amor, y cuando a pesar del hermoso apetito de la juventud ella se retenía, él admitía sus negativas por saberla pura y querer llevarla así hasta el altar. Pensando en esto, se recrudecían su coraje y su rencor en contra de Lorenzo Rafael. Antes de entrar al Vivac se alcanzó a escuchar el llamado de Paloma, al que no prestó atención; ella, igualmente advertida por una amiga de que Andrés iba en busca de Lorenzo Rafael, pretendía evitar el encuentro. Decidido, Andrés entró al Vivac, y apenas traspuso el umbral, un silencio ominoso invadió al lugar. El vecino de Lorenzo, alzando una copa, con disimulo le previno acerca de la aparición del prometido de Paloma. Lorenzo no se inmutó; obligado por la presencia de sus amigos, su habitual postura de fanfarrón se hizo manifiesta, confiado además en aventajar al recién llegado. Sabidas por todos los presentes eran, tanto la bravura de Lorenzo como la pasividad de Andrés se plantó retadoramente ante Lorenzo Rafael, en un desplante viril de quien no soporta más el impulso de manifestar su legítimo reclamo. El aludido le sostuvo la mirada y le dijo todavía en tono burlón: ¿No andas perdido de rumbo? ¿Buscas algo aquí, o con alguien? – Sí – contestó Andrés -. Busco respuesta de ti. Percibiendo Lorenzo la energía contenida en la réplica de Andrés, nerviosamente alardeó: – Conmigo cualquier hombre que sea muy hombre encuentra lo que quiera.
Las palabras sonaban con eco por el silencio reinante. Con calma habló Andrés: – Si alzas tanto la voz, tienes que sostenerte; y ya está dicho. “Ábranse”- se dirigió a los demás, mostrando su acerado puñal y amagando en abierto desafío a su rival. Este a su vez se puso en guardia, manejando arma similar con soltura y aplomo. Luego de dos o tres giros de tanteo, Lorenzo ataca con celeridad a Andrés, quien con asombroso quiebre desaparece del frente del Lorenzo, rodando a su costado. En los siguientes golpes, cambia la actitud confiada de Lorenzo que siente, al igual que los circunstantes, no tenerlas todas consigo, Por el contrario, ven al antes pacifico Andrés manifestar un valor y un agilidad insospechadas; el brillo de su puñal se entreteje con el brillo de sus ojos, y una fiereza inaudita parece poseerlo, eludiendo golpes de su adversario y mostrando seguridad en cada movimiento se trasluce su disposición de ajusticiarlo. Cuando asesta una certera cuchillada a Lorenzo y se prepara para darle otra mortal, un grito y la presencia de Paloma deja a todos expectantes; en un acto impetuoso, Paloma se interpone entre los rivales; abrazando a su amado apremia a los presentes a pacificar aquella brega e implorante hace que Andrés se desprenda del arma homicida y se aleje de su compañía.
Si en este caso pudieron evitarse trágicos resultados, su trascendencia radica en que la transformación de un individuo pusilánime en un temerario retador se atribuyó popularmente a las virtudes insufladas por la oscura piedra. No habrían de tener la misma suerte otros rijosos, al sufrir en carne propia daños lacerantes, secuela de las constantes riñas que se sucedieron durante meses, raro fue el fin de semana en que, especialmente por los barrios de la Pinta, del Vergel y de Mexicapán, donde predominaban los mineros, al clarear el domingo camino de la iglesia podían decir las mujeres piadosas, santiguándose: “Bendito sea Dios, ya amanece y al parecer no hubo muertos”. Consternada, la ciudad se enteraba que volvía a estallar el odio entre familias; se comentaba con presagio de nuevas tragedias que Fulanito y Zutanito, sobrinos del de la semana pasada, ya habían ido al arroyo de Vetagrande a filar sus armas en la piedra negra. ¡Negra estaba ya la piedra señalada para acicalar las armas mortales! Negro luto vestían muchas familias y trágicamente negro veían el futuro inmediato para un sector importante de la población las autoridades civiles y eclesiásticas que, frente a la incesante repetición de hechos sangrientos, cada vez más preocupadas estaban por el cariz que ofrecían los acontecimientos.
En discreta reunión entre el gobernador del estado y el tercer obispo de la Diócesis de Zacatecas, fray Buenaventura del Corazón de María Portilla y Tejada, decidieron adoptar medidas eficaces, cada quien según sus medios, para remediar tan caótica situación. El 15 de abril de 1888, el señor obispo, acompañado de su sabio consejero, el primer deán de la catedral canónigo fray Félix Palomino, y de cuatro diáconos del seminario tridentino de Santa María de Guadalupe, salieron al anochecer rumbo al camino de Vetagrande para realizar un conjuro contra las fuerzas demoniacas que irradiaban de aquella piedra. Durante mucho tiempo, la gente “se hizo cruces” de porqué y cómo había desaparecido la piedra negra de su emplazamiento. Varias noches de desvelo hubieron de tener el obispo y los canónigos para discernir, invocando el divino acierto, el destino que debería asignarse al diabólico objeto; disquisiciones teológicas y pruebas exorciales debieron de hacerse para atarlo en sagrado, sin mancillar el lugar.
Meses después, sosegada la fascinación de la gente belicosa por acrecentar el poder de su arma asentándola en la piedra negra, ésta fue descubierta por el vecindario, puesta a buen recaudo en sacro lugar. El sitio escogido por aquel obispo para instalar la piedra fuera del alcance de los pendencieros, fue en lo alto del muro posterior de la catedral, empotrada precisamente abajo de la campana chica que servía para llamar al sacristán. Este es el único bloque de color sombrío que en su fábrica tiene la catedral. Hay quien asegura haber presenciado, particularmente en días de lluvia, desprenderse de la piedra espectrales fulgores azulosos capaces de infundir temor y zozobra a los testigos del fenómeno. Usted la puede ver fácilmente desde donde arranca la calle Ángel, a espaldas de la catedral; apreciará el tamaño a que quedó reducida y, si tiene paciencia y ciertas dotes de observación, quizá podrá notar algo más con relación a la maléfica piedra negra.

La Plaza de Toros de San Pedro


La Plaza de Toros de San Pedro

El 18 de Julio de 1894, la aficion zacatecana estaba de placemes, y con justisima razon, ya que se anunciaba para esa tarde una monumental corrida de torros en la que torearian, alternativamente, Ponciano Diaz el coloso de aquellos tiempos y Jose Bauzari, diestro cubano. Desde la mañana se notaba inusitado movimiento, por todas partes se hablaba de toros, de los pueblos mas cercanos llegaban coches y diligencias atestadas de aficionados a la fiesta brava. Entre las familias que llegaron veniaRosario Llamas, la mas bella jerezana de aquellos tiempos, huerfana y muy rica, era uno de los partidos mas codiciados, sus tios la guardaban celosamente.
Llego la ansiada tarde. Desde muy temprano los tendidos del sol y sombra estaban pletoricos de concurrentes, solo los palcos se hallaban desocupados hasta la ultima hora.
Un sol radiante en un cielo sin nubes, verdadera tarde de toros; el publico esperaba con desbordante entusiasmo el momento en que el señor Juez de la plaza diera la señal para empezar la corrida.
La Banda del Estado amenizaba la fiesta con alegres marchas y pasodobles y el publico de sol daba la nota humoristica.
Por fin sono el clarin y aparecio la cuadrilla, al frente Ponciano Diaz con terno negro oro, el capote recamado de oro y pedreria, a su lado Jose Bauzari con terno verde y oro. Detras los banderilleros, picadores, mozos de estoques, etc.
Dieron la vuelta al redondel entre los vivas de la multitud, en los palcos las damas saludaban con los pañuelos; alli estaba Rosario, hermosa entre las hermosas, realzando su belleza con la blanca mantilla, en el pecho un ramo de claveles rojos como sus labios.
Al saludar Ponciano al palco de la presidencia vio a Rosario y se sintio atraido por la magica belleza de la jerezana, que lo seguia aplaudiendo sin cesar; entonces llamando a Casimiro Medina, su mozo de estoques, le mando el capote de paseo para adorno de su palco.
Los toros eran de la ganaderia de Venader, famoso por su bravura y bella estampa, el que toco a Ponciano era un soberbio ejemplar apodado Pilongo, con una cornamenta espantosa que hubiera hecho temblar a otro que no fuera el diestro mexicano. Recibio dos buenas varas, no sin haber hecho horrible carniceria con los caballos de los picadores; los barendilleros se vieron apurados para lograr dos pares cabales al cuarteo.
Ponciano hizo algunas suertes del toreo de aquel entonces y pidiendo permiso a la autoridad se dirigio al palco de Rosario y brindo: "Por la reina de esta tarde, la mas hermosa entre las hermosas zacatecanas"…Olas de rubor en el rostro de Rosario, y de envidia en todas sus vecinas de palco.
Se dirigio al toro y despues de unos pases naturales, otros redondos y otros a su modo, dirigio la espada sobre la cruz del lomo del animal que se arranco sobre Ponciano, recibiendo el estoque hasta la empuñadura.
Dianas, aplausos delirantes de la multitud, lluvia de flores, puros, sombreros y del tendido de sol muchos pesos de plata.

Rosario, palida de emocion, se quito un anillo de brillantes y metiendo en el el ramo de claveles que tenia en el pecho lo arrojo a los pies del matador.
Al terminar la corrida, fue Casimiro Median, el mozo de estoques, a recoger el capote de Ponciano y recibio de las manos temblorosas de Rosario un medallon con el retrato de ella para el torero y una bolsa de malla con dinero para el.
No volvieron a verse; los tios, al ver el giro que tomaban las cosas, se alarmaron y se la llevaron esa misma tarde para Jerez; en vano le rogaron varios amigos que se quedaran a la fiesta que se daba en el Casino en honor del matador; Rosario, con el espiritu ausente, se dejo llevar sin protesta alguna.
Nunca quiso casarse ni tener relaciones con alguno de sus muchos pretendientes, ni los consejos, regaños y amenazas de los tios la decidieron a tomar estado y vivio siempre fiel al recuerdo de aquella gloriosa tarde de toros en que Ponciano Diaz, el rey de la tauromaquia del siglo XIX, rindio pleitesia a su soberana hermosura.
Ponciano tampoco se caso, sabia medir las distancias y pretender casarse con la bella y rica jerezana era como escalar el firmamento. Cuando murio, cinco años despues de haber conocido a Rosario, encontraron en su pecho el medallon con el retrato de su amor imposible, como el la llamaba.
La plaza de toros de San Pedro fue testigo de este idilio.

La Calle de Tres Cruces

La casa de Don Diego de Gallinar, alzaba orgullosa sus tres pisos, junto a las humildes casitas de uno solo, que empezaban a formar la calle que prolongaba la de San Francisco y la cual desembocaba en la plaza principal. Don Diego era tio y tutor de la bellísima Beatriz Moncada, quien acababa de salir del colegio donde se educaba y tenía que vivir bajo la severa custodia de su tío. Se rumoraba que el señor de Gallinar tenia planeado casar a su sobrina con Don Antonio, su único hijo, que por esas fechas andaba en servicio con el señor Marquéz de la Laguna, combatiendo a los piratas, que rondaban y acechaban el puerto de Veracruz y que era un joven calavera que derrochaba el dinero a manos llenas, se decía que una de las razones para llevar a cabo ese enlace era que una vez casada Beatriz con el señor Antonio, el señor Gallinar no tendría que dar cuenta a nadie del patrimonio de la rica heredera, a quien tenía más como presa en su lujosa casona.
Desde hacía algunas noches, que al dar las doce campanadas, se es cuchaban las notas dulces de un violín tocado por un joven desconocido, que apoyado en el poste de un farol que alumbraba dévilmente la desierta calle, arrancaba a su instrumento melodíosos himnos de amor. El músico era un joven indígena, recogido y educado por los religiosos del convento de San Agustín, que le habían enseñado las artes y ciencias que ellos sabían.

Su nombre era Gabriel García, y Beatriz lo conoció en un concierto de la casa del Conde de San Mateo; pues debido a las buenas referencias que le daban los religiosos a Gabriel, era éste admitido en todas las reuniones de la aristocracia de aquel entonces. Beatriz lo oyó tocar y su alma vibró el compás de la maravillosa música del artista, y una elocuente mirada sirvió para le entregara el corazón. El músico que estaba subyugado, por la hermosura peregrina de aquella niña rubia, comprendió el mudo lenguaje de sus miradas y la adoró con todas las fuerzas de su alma india; aunque sabía que era un amor sin esperanza.

Desde entonces, todas las noches al filo de la media noche, iba Gabriel frente a la casa de su adorada a desahogar su corazón por medio de su música dulcisíma. Beatriz burlando la vigilancia de su dueño subía al mirador encristalado para escuchar a su amado. Mas una noche, la fatalidad del destino tendio sus redes; Don Diego se retiraba más tarde que de costumbre, y se encontró con el concierto frente a su casa; a la luz del farol reconoció inequivocamente a Gabriel.

Ciego de ira, le ordeno que se retirase antes de que lo apalearan sus sirvientes; Gabriel contestó que se retiraba por que tenía que hacerlo, y no por miedo a los palos, pues no era ningún perro y sabía defenderse con la espada en la mano como un caballero; pero viendo el ademán de sacar la espada de Don Diego, le dijo que con él no se batiría por que lo respetaba demasiado. El señor de Gallinar, loco de rabia, le lanzo los peores insultos llamándolo indio mal nacido, aventurero y cobarde seguidos de una bofetada. Gabriel no aguantó más y arrojando su violín en medio de la calle desenvainó su espada y se puso en guardia con el propósito de defenderse sin agredir a su agresor.

La lucha fue reñida por parte de Don Diego que quería toda costa acabar con su adversario, ya que Gabriel solo se limitaba a parar los golpes, cosa que irritaba más y más al viejo. Viendo que la lucha se prolongaba sin conseguir su propósito, el señor de Gallinar, quiso dar la estocada final y se tiró a fondo, clavándose en la espada de Gabriel que solo guisó desviar la mortal estocada, Don Diego se desplomo lanzando una horrible blasfemia; y dejando ver así que se le escapaba la vida.

Gabriel horrorizado se arrodillo a socorrer al moribundo; cuando se abrió el portón de la casona y salió un criado del señor de Gallinar que había presenciado la lucha, al ver a su señor herido de muerte y a su agresor inclinado ante él, sacando un puñal del cinto se lo clavó a Gabriel en la espalda y corrió a esconderse dentro de la casa.

Entonces se oyó un alarido de agonía, seguido del estrépito de cristales rotos: Era que Beatriz, mudo testigo de estas horribles estas escenas, se había desmayado y su cuerpo, falto de apoyo, rompía los cristales del mirador, para caer y estrellarse en las piedras de la calle, junto con el violín del amado.

Cuando la ronda llegó al lugar de la tragedia, encontró a la débil luz del farol a los tres cadáveres, una mano piadosa, marcó con tres cruces de cal los lugares donde fueron encontrados los tres cuerpos.

Desde esa fecha 2 de Noviembre de 1763 se llamó: La calle de tres cruces La cual actualmente se localiza exactamente en donde termina la avenida Hidalgo y comienza la calle Juan de Tolosa, un poco más haya del palacio de gobierno del estado y con dirección a las lomas de Bracho.